“El adicto necesita más que cuatro paredes”

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El Hogar Buen Pastor, organización que atiende en Puerta de Tierra a personas sin hogar con adicciones, celebró su veinticinco aniversario recientemente. Su fundadora, la hermana Rosemarie González, reflexiona sobre el camino andado.

Por Tatiana Pérez Rivera :: Oenegé

Un abrazo fuerte y cálido. Eso le daría hoy la hermana Rosemarie González a Joy, en caso de que lo encontrara. Porque Joy fue el niño cuyas preguntas durante un breve encuentro en Puerta de Tierra incentivó la creación del Hogar Buen Pastor, organización sin fines de lucro que atiende usuarios de drogas sin hogar.

“Y le enseñaría que por lo que él dijo se hizo esto y lo presentaría a los muchachos para que ellos también lo abrazaran y le compartieran su experiencia para que vea como a través de su palabra ha tocado a miles de personas. Aquí han pasado casi tres mil personas desde el 1993”, dice la religiosa con una sonrisa satisfecha.

El pasado mes de febrero, Hogar Buen Pastor celebró veinticinco años de gestión con una misa y una sencilla celebración que integró a sus residentes con la comunidad que les ha apoyado.

“La congregación me dio la oportunidad de escoger cómo quería servir. No sentía que fuera volver al salón de clases, sentía que quería ayudar al pobre, al más necesitado”, menciona González, santurcina que comenzó sus votos religiosos con las Hermanas de Notre Dame, con las que trabajó en el 1962 como maestra de quinto grado en el Colegio San Agustín, en Puerta de Tierra, instaurado por la orden desde el 1915.

“Y le enseñaría que por lo que él dijo se hizo esto y lo presentaría a los muchachos para que ellos también lo abrazaran y le compartieran su experiencia para que vea como a través de su palabra ha tocado a miles de personas. Aquí han pasado casi tres mil personas desde el 1993”, dice la religiosa con una sonrisa satisfecha.

El pasado mes de febrero, Hogar Buen Pastor celebró veinticinco años de gestión con una misa y una sencilla celebración que integró a sus residentes con la comunidad que les ha apoyado.

“La congregación me dio la oportunidad de escoger cómo quería servir. No sentía que fuera volver al salón de clases, sentía que quería ayudar al pobre, al más necesitado”, menciona González, santurcina que comenzó sus votos religiosos con las Hermanas de Notre Dame, con las que trabajó en el 1962 como maestra de quinto grado en el Colegio San Agustín, en Puerta de Tierra, instaurado por la orden desde el 1915.

“Me preguntó si yo era de Dios”, relata aludiendo al velo en el cabello, “y yo le dije a él que sí, pero que él también lo era. Me dice ‘¿si usted se encontraría con una persona tirada en la calle, se lo llevaría a su casa y lo ayudaría?’. Y yo tragué duro, porque sabía que no podía llevarlo a mi casa a vivir y le dije ‘no puedo llevarlo a mi casa, pero haría todo lo posible para ayudar a la persona’. Entonces me dijo ‘pues venga conmigo que hay una persona tirada en la calle más abajo’. Bajamos y no estaba la persona”.

La conversación continuó. “Tenía una Biblia en las manos y me preguntó qué era ese libro y me dijo ‘a mi mamá le encantaría una Biblia’ y yo se la di. Le pregunte dónde vivía y me señaló un sitio en la calle San Agustín que ya no existe. Le pregunté su nombre y me dijo que se llamaba Joy. A mí, en ese momento, todo me cayó en su sitio y para mí era que Dios me estaba diciendo a través de este niño ‘tienes que empezar un sitio para las personas deambulantes, donde tú vives con ellos’. No lo he podido encontrar después de eso. Siempre cuento esto para ver si alguien sabe de él”, añade la religiosa

González añade que contó con el rotundo espaldarazo de don Gaspar Roca y su esposa, antiguos dueños del periódico El Vocero, para conseguir la sede y después “fue un milagrito tras otro lo que hemos recibido”.

Aunque ha habido ciertos cambios físicos en la zona, la directora y fundadora del hogar declara que sus residentes “mayormente siguen siendo personas de bajos recursos”. “Cuando vine en el 62’, las drogas no habían comenzado fuerte, aquí empezó con oler thinner y gasolina, dos o tres años después que yo llegué. Después de eso, aquí se convirtió en el centro de los puntos de distribución y la gente estaba muy afectada”, rememora.

La lucha contra el encantamiento de las drogas entre población de edades variadas es eterna. “Ahora se ha expandido”, dice con pesar la “Sister”, como la llaman los residentes del hogar. “Cada vez le añaden algo más (adictivo) o sale algo nuevo como la marihuana sintética o las pastillas, que está cada vez creciendo más. En vez de ir disminuyendo, lamentablemente está creciendo”.

Las condiciones para esto siguen siendo fértiles y lo atribuye a que “la sociedad no ha crecido como luchadora”, al enfrentar problemas y dificultades que califica como “desechables”. “No te gusta bregar con esto y se bota”, menciona sobre una actitud que percibe en distintos niveles.

“Aquí tengo muchas personas que no saben bregar con un no, entonces corren a resolver escapando y el escape es la droga, que los lleva a un momento de euforia, de no tener que enfrentar la dificultad. En cuanto se meten en eso, ya la droga se encarga de mantenerlos capturados quieran o no quieran. Hay un componente físico, pero está el que no ha aprendido a decir que no porque la sociedad no quiere que el niño sufra, los papás no quieren que pasen lo que ellos pasaron, pero ese trabajo los formó en personas fuertes de carácter, capaces de poder hacer decisiones correctas”, propone González.

El Hogar Buen Pastor recibe hombres y mujeres de 18 años en adelante que carecen de vivienda; ahora tienen 60 residentes. Por lo general, comenzaron a usar drogas a los diez años. Deben ingresar voluntariamente. El 98% de los participantes son adictos al alcohol o a las drogas y cuentan con un manejador de casos que lo acompaña en todo su proceso de rehabilitación.

El proceso de détox al que se someten los residentes se realiza con productos naturales y sesiones de acupuntura. Conlleva el mismo tiempo que con medicamentos controlados —unos siete días— pero no crea dependencia y la persona está consciente de lo que sucede. El 90% de los residentes completan la desintoxicación, la fase más dolorosa y que suele provocar más bajas. Luego comienza el proceso de recuperación de documentos personales que han perdido.

La mayor parte de sus horas los residentes las pasan en adiestramiento en veinte posibilidades diferentes de empleo como recepción, cocineros, mantenimiento, servicios en el comedor escolar, entre otros. Escogen tres, en orden de prioridad, y se les intenta conseguir trabajos relacionados en los que invierten cerca de seis horas diarias. En los adiestramientos trabajan con conceptos como puntualidad, responsabilidad, cómo se llevan con otros o con figuras de autoridad. La convivencia y los adiestramientos marcan la pauta del camino en el proceso de rehabilitación.

La organización cuenta con tres microempresas de bordado, cafetería o la Tiendita Joy, de artículos de segundas manos. Localizadas en Puerta de Tierra y en San Patricio Plaza, la tienda les ayuda económicamente a mantener la operación.

Cuentan con un edificio principal y, dos puertas más abajo, utilizan otro que denominaron “la expansión”, el cual tiene cabida para 23 personas. Allí viven no solo quienes estén limpios de drogas, sino que además están listos para buscar empleo, vivienda, y han trabajado con los factores en su personalidad que los llevan a las sustancias controladas. Predominan los varones en el censo de la organización, puesto que han visto que las mujeres suelen resolver sus problemas de techo, comida y droga mediante la prostitución.

Los portones cierran a las diez de la noche. Una guagua los lleva a sus reuniones de Alcohólicos Anónimos o Narcóticos Anónimos y los trae de vuelta. En el Hogar reciben consejería y después de las películas que ven en Cine-Foro, un recurso encamina la discusión. También, se reúnen semanalmente con la Hermana Rosemarie, para analizar valores diversos cuyos nombres conocen, pero sus definiciones prácticas no les son familiares, y acuden a retiros de base espiritual en la Casa Cristo Redentor.

“Aunque soy religiosa católica, aquí no se promueve una religión. Se promueve que hay un Dios aquí que los acompaña y los ama. Lo espiritual les da fuerza. Ellos están muy conscientes de que hay un Dios porque están vivos, porque el que estaba a su lado ya está muerto. Eso los hace susceptibles a que vean que Dios está presente en lo que los rodea. Todo eso les fortalece mucho”, indica la religiosa. “Para mi Dios le ha dado a todo el mundo lo que necesita para poder estar feliz y vivir”.

Ahora el hogar enfrenta dificultades económicas, ya que las ayudas federales que reciben han alterado sus parámetros. En Estados Unidos, donde el perfil del deambulante es distinto al local debido a que no suele predominar el adicto, se están enfocando en que estos pasen de la calle a una vivienda permanente y no a una vivienda transitoria.

“Aquí no va a funcionar porque el adicto necesita más que cuatro paredes. Tiene que aprender a bregar con su vida y que la adicción los lleva a hacer cosas criminales que los ponen en peligro a ellos y a otros. Ahora mismo es bien cuesta arriba”, acepta la hermana González.

La calidez que ofrecen pares y recursos, unido al apoyo de otros que creen en su potencial, hacen la diferencia en un proceso de rehabilitación. Para Sister Rosemarie, esta receta es infalible.

 

Fotos y vídeo Javier del Valle